domingo, 21 de enero de 2018

NIEVE EN SOLLAVIENTOS

Comenzaba a clarear. Sin prisa, remontaba en coche el valle del Sollavientos. Confiaba en ver amanecer desde el puerto de Valdelinares, divisoria entre la cuenca del Alfambra y la del Mijares. La luz aún era escasa. La elegante silueta de la ermita de Santa Isabel, tan sencilla, tan serena, me animó a captar aquellos colores del alba. 


Sobre la Masada de Don Pedro, se levantaban unas gruesas nubes que me presagiaban tener un amanecer poco soleado en el puerto. Así fue.


En una de las recurvas, a mi espalda, ví cómo entraban los primeros rayos a las crestas del cerro de la Mediana (1.882 m.), una de las cumbres de que separan el valle del Sollavientos de la Rambla de Malburgo, perteneciente esta ya a la cuenca del Guadalope. 

Y es que estamos en una de las zonas más altas de la cordillera Ibérica. Y, por consiguiente, en un nudo hidrológico de primer orden: la confluencia de las cuencas del Guadalope, el Mijares y el Alfambra. 


En el puerto de Valdelinares, silencio, frío y viento. Un paisaje nevado, magro resultado de un temporal, el segundo del invierno, profusamente anunciado y que poca nieve ha traído a las sierras del sur de Aragón. 

El viento ha barrido la nieve de los salientes, donde asoma el prado seco y corto. La luz filtrada entre las nubes le otorga un tono azulado a la nieve. Como en los glaciares.


Al otro lado del collado se levanta el Monegro de Valdelinares, con su oscuro pinar abierto por las rectilíneas pistas de esquí. Heridas en el paisaje. Hacia allí se dirigen algunos coches con jovenzanos y familias con niños que vienen por la carretera de Fortanete. 

El sol se resiste en asomar. Por fín lo hace. Sus rayos atraviesan unas nubes que se levantan sobre los montes de Mosqueruela ...


... iluminando los prados del collado. El cierzo ha formado ventisqueros al quedar atrapada la nieve entre las hierbas.


Sobre el blanco manto tan solo levantan los enebros, salpicando de verde oscuro un lienzo blanco y plegado. Unos días antes, en El Pobo, me apuntaba Juanjo Martín la semejanza que tienen la limpia nieve de los ventisqueros y los pliegues que forman las sábanas sobre la cama. 

Aquellas, a mí me recordaban a la arena de las dunas de Doñana, sepultando a los arbustos ...


El puerto se encuentra en el término municipal de Valdelinares. Allí, en la vertiente del río Sollavientos (y del Alfambra) se ha construido un vertedero de residuos domésticos. En principio, tiene su cercado. Pero da igual. Escombros, cartones, zarrios y basuras varias se extienden por la explanada y, lo que es peor, asoman y caen al valle. Es una lástima que la cabecera de uno de los valles más hermosos de la provincia de Teruel esté estropeada paisajísticamente por un vertedero en el que se observa muy poco control. 

Mientras tanto, una águila real cruza el valle dirigiéndose al pinar que tapiza la inclinada ladera de El Recuenco. La rapaz vuela rasa por los claros del bosque. Intenta descubrir alguna liebre con la que probar suerte. Es la ladera menos soleada, donde la noche tarde un poco más en retirarse, donde ha podido retrasarse en encamar su almuerzo.


La bajada ofrece preciosas vista de la cabecera del valle. Tanto hacia el oeste, por donde se abren unos suaves prados hoy nevados ...


... como hacia el norte, donde destacan -en primer término- los viejos bancales, hoy también cubiertos de nieve, y -al fondo- el valle del Guadalope, hacia el término de Villarroya de los Pinares. 


Hacia el este, al pie del Zaragozana (1.918 m), la nieve igualmente ha sido venteada ...


Un par de caballos pastan en los prados cercanos a la masada de D. Pedro ...


... debajo de una arboleda de chopos cabeceros, la situada a mayor altitud de la cuenca del Alfambra y, muy probablemente, del resto de la cordillera Ibérica.


Estos árboles fueron hechos trasmochos en sus primeros años, tal vez hace más de cincuenta, pero posiblemente y desde entonces, no han llegado a ser escamondados (o batidos, como por aquí dicen) para aprovechar sus vigas. 

Muy cerca, al otro lado del arroyo, me observan curiosas unas novillas ...


que al poco me ignoran para dedicarse a lo suyo, a darle bocados a la alpaca de paja que hay en dentro del comedero ...


La ermita de Santa Isabel es una parada obligada en la ruta por el valle del Sollavientos. Mucha prisa has de llevar para no dedicarle un paseo a su entorno. Aunque sea breve. 

Es un edificio austero y armonioso ... 


... enclavado en un bellísimo paraje en el que los prados son surcados por muros de piedra seca ...


y por el joven río Sollavientos, que aparece jalonado por unos viejos sauces trasmochos, todavía aprovechados por sus ramas.

Vengas cuando vengas, este paraje siempre te deja un poso de paz. 


Tras la ermita se acumulan varias alpacas de paja: la comida de las novillas. Algunas, son de cañote de panizo. Las más, son de triticale segado y empacado directamente sin triturar. Tal vez sea el resultado de la mala cosecha de la temporada pasada, en la que las espigas no han llegado a granar en muchos pueblos. Dentro de la alpaca, las cañas y las espigas se disponen creando una espiral. 

Cada alpaca es una pequeña galaxia.


Sube por el camino un ganadero con su pick-up. Se acerca a la masada a dar vuelta del ganado. Vuelve a la masada. Todo en orden.

En el cielo parece que quiere abrir ventana. El sol asoma entre las nubes. Al fondo, en el centro de la imagen, se levanta el Castillo del Mas de Sancho (1.856 m) ...


El valle del Sollavientos tiene una interesante población de árboles trasmochos, tanto sauces como chopos. No son árboles muy longevos pero sí muy sanos, por mantenerse viva la práctica del desmoche para producir leña para las masadas. Estos árboles confieren carácter al paisaje. Le aportan una profunda belleza.


Los chopos cabeceros son algo más comunes en la parte baja del valle ...


mientras que los sauces lo predominan en la alta ...


Aunque por lo común, unos y otros se intercalan .

Algunas imágenes invernales nos recordaban a las campiñas de Bélgica o de Normandía. Eso sí, pero a 1.500 m de altitud.


La carretera se acerca a una masada habitada. Otras veces que he pasado he visto pastar a un atajo de ovejas en un cercado próximo. Por estas fechas deben estar recogidas. Las que sí que estaban sueltas eran las gallinas. Unas royas, otras negras serranas. Todas se entretenían picoteando el suelo. Son bravas estas gallinas masoveras.


Junto a la masada, una fuente, con un pequeño abrevadero tejado y pared.


En uno de los primeros rastrojos rebuscaban semillas un par de cientos de pajaricos. Con mucho, predominaban los pinzones vulgares (también llamados nevateros en algunos pueblos de Teruel). Pero, entre estos, eran también comunes los pinzones reales (conocidos en el valle del Ebro como mecos) y los gorriones chillones (o chillandras). Unos y otros estaban tan inquietos como hambrientos. A la mínima, casi todos levantaban vuelo para refugiarse en los arbustos del lindero. Y, con la misma rapidez, se dejaban caer sobre las cañas del cereal.


El frío no aflojaba. No subíamos de 3 ºC, afirmaba el termómetro del auto. Y corría el cierzo. El cielo se iba cubriendo. El sol se intuía entre las grises nubes.


La ganadería está cambiando en las sierras de Teruel. Durante siglos ha estado volcada con el ovino. Durante los últimos diez, ganadero que se jubila, ganado que desaparece, salvo que se contraten pastores marroquíes. Los (pocos) jóvenes que se incorporan se ponen vacas, cierran una parte de monte y, en muchos casos, mantienen otra actividad complementaria.

El paisaje también va cambiando. Y más que cambiará.

Frente al Mas de la Vegatilla había otro rebaño de vacas. Bueno vacas y de toros. Estos topaban entre sí, ante la mirada indiferente de las hembras, más interesadas en comer forraje en el pesebre metálico.


A través de un camino que pasaba entre dos muros de piedra seca, me acerqué al río. Quería ver el caudal. Poquico. Y helado en sus orillas.

Robustos chopos cabeceros con vigas de más de cuarenta años habían sido escamondados el invierno pasado. No es lo deseable. Los cortes son demasiado extensos, la cicatrización es más difícil y el riesgo de entrada de hongos es mayor. Es preferible mantener turnos de entre 12 y 15 años, pudiendo estirarse hasta 20. Ahora bien, ¿qué se puede hacer con los árboles cuando tienen el turno tan pasado? La experiencia del valle del Alfambra nos dice que, aún siendo traumática para el árbol, los árboles rebrotan con fuerza y producen ramas viables y con futuro.


Al acercarme a la palanca comprobé la vitalidad de estos chopos alfambrinos. En el tronco de uno de ellos habían clavado dos carteles de acotado. Uno de pesca y otro de caza.


El árbol ya se estaba engullendo la tablilla del vedado de pesca ...


Dentro de unos años se lo terminará. Y, mientras tanto, la irá emprendiendo con el de caza. Los árboles son lentos, pero implacables.

En la cuneta de la carretera crecen una hierbas, por estas fechas secas y rígidas, que tolerantes a la sal que se añade en invierno para evitar las placas de hielo. Sus semillas son el alimento de una bandada de una treintena de verderones serranos.


Confiados en la vigilancia colectiva que otorga el grupo, se afanan en picotear las semillas del suelo o de las hierbas ignorando al observador. Son conscientes de que el día tiene pocas horas de luz. Hay que comer mucho y deprisa para soportar la larga y fría noche invernal. Estos pajarillos seguramente criarán en primavera los pinares oromediterráneos de Gúdar y del Maestrazgo, pero se agrupan al cabo del verano para aumentar su eficacia y tener más garantía de supervivencia.

Antes de coger el coche, me acerco al arroyo de nuevo. El agua se filtra mayormente entre las gravas y se congela en aquellas zonas en las que se remansa. Con el sauce inclinado, ofrece una estampa que nos evoca a otro río muy turolense: el Pancrudo.


Antes de encaminarse hacia el cruce de Allepuz y Villarroya de los Pinares, conviene dar una última mirada al valle del Sollavientos.


Uno de los valles más hermosos y singulares de la cordillera Ibérica aragonesa. Y de los menos conocidos.

domingo, 14 de enero de 2018

UN RECUERDO DE LA FIESTA DEL ÁRBOL EN JORCAS

La Fiesta del Árbol fue una actividad de educación ambiental cuyo origen mundial se inicia en la provincia de Cáceres en 1805 y se retoma para toda España por Decreto Real en 1915, con el propósito de fomentar desde la infancia el amor a los árboles, el compromiso comunal, el sentido de la responsabilidad hacia los bienes públicos y el respeto al trabajo. El Ayuntamiento de cada municipio, en colaboración con los maestros, organizaba una plantación de árboles en la que participaban todos los niños y niñas. En ocasiones, se ajardinaban predios cercanos a los núcleos urbanos o a las ermitas, en otros casos, se plantaba en espacios comunales. Eran tiempos en los que la población rural alcanzaba máxima expresión, tiempos en los que los rebaños apuraban en el campo cualquier mata o arbusto que hubiera escapado a su aprovechamiento como leña. Tiempos, en los que, muchas veces, los propios niños tenían que abandonar su formación para guiar un pequeño atajo de ganado con el fin de apoyar la economía familiar.

Gran parte de los árboles veteranos que hoy pueden encontrarse en los alrededores de nuestros pueblos, tienen este origen. Acacias en suelos secos y pobres, sargatillos, mimbreras, olmos o chopos en suelos algo más feraces de ribera, eran plantados y cuidados, mejor o peor, llegando con el tiempo algunos de ellos hasta nuestros días y quedando en la memoria de sus tiernos plantadores. En Jorcas es muy querida la acacia que crece junto al pórtico de la iglesia.


En algunos pueblos del Alto Alfambra, tras la emigración producida en la segunda mitad del siglo XX, los pueblos fueron perdiendo población y los niños dejaron de alegrar las paredes de los colegios que terminaron cerrándose y destinándose a otros fines. Esto mismo ocurrió en Jorcas.

En esta localidad, el empeño y la ilusión de sus vecinos y del Ayuntamiento consiguió recuperar la Fiesta del Árbol en 2008, teniendo continuidad en los siguientes de tal modo que en 2012, Lucía Pérez, una de las personas que colaboró en esta iniciativa, confeccionó un fotocómic para que quedara constancia. A continuación os dejamos con el mismo.

¡Esperamos que os guste!

sábado, 13 de enero de 2018

OROMEDITERRÁNEO

Según el área de distribución actual de los seres vivos, los geógrafos dividen la superficie terrestre en seis territorios. Estos territorios naturales reciben el nombre de reinos. La mayor parte de Norteamérica, de Asia, la totalidad de Europa y una pequeña parte norte de África forman parte del reino Holártico.

Cada reino, a su vez, se subdivide en otras unidades biogeográficas menores conocidas como regiones. En el reino Holártico hay once regiones. La península Ibérica se encuentra entre dos regiones. La parte norte, que se extiende por Galicia, la cordillera Cantábrica y el Pirineo, pertenece a la región Eurosiberiana (o Medioeuropea). El resto de la península Ibérica lo hace a la región Mediterránea, como buena parte de la península Itálica, Balcánica, el oeste de la de Anatolia y el norte del Magreb. El Alto Alfambra se sitúa, pues, inmerso en la región Mediterránea.

Si se relaciona la distribución geográfica de los seres vivos con la climatología (temperatura y precipitación) de cada territorio se obtienen unos índices bioclimáticos. Estos índices permiten establecer unos grupos de intervalos que se pueden hacer coincidir con los pisos de vegetación observados en cualquier lugar de la Tierra al ascender en altitud o en latitud.

Para la región Mediterránea, el profesor Rivas-Martínez estableció cinco pisos de vegetación. Desde el nivel del mar hasta las altas cimas, en la península Ibérica se pasa por los pisos, inframediterráneo, termomediterráneo, mesomeditarráneo, supramediterráneo, oromediterráneo y crioromediterráneo.

Estos pisos de vegetación se establecen por un índice de termicidad pero, en líneas generales, la temperatura media anual es el factor determinante. Así, el piso oromediterráneo corresponde con aquellas zonas que presentan temperaturas medias anuales comprendidas entre los 8 ºC y los 4 Cº mientras que el supramediterráneo serán aquellas en las que estas se encuentran entre los 12 ºC y los 8 ºC.

Pisos bioclimáticos. Fuente: Especies forestales
Los sector central y norte del alto Alto Alfambra, es decir, los términos de Galve, Camarillas, Aguilar del Alfambra, Jorcas y las partes de menor altitud de Ababuj, El Pobo, Monteagudo del Castillo y Cedrillas, se encuentran en el piso supramediterráneo. Sin embargo, las zonas más altas, aquellas inmersas en las sierras de Gúdar y de El Pobo, incluyendo el valle del Sollavientos, lo están en el piso oromediterráneo. El límite de altitud, en esta parte de la cordillera Ibérica suele encontrarse entre los 1.500 y los 1.600 m.

Estos aspectos térmicos hay que complementarlos con los datos de precipitación. Así, en la península Ibérica se establecen seis tipos de ombroclimas: árido, semiárido, seco, subhúmedo, húmedo e hiperhúmedo.

A las plantas, al estar en permanente contacto a través de sus raíces, también les influyen las características químicas del suelo. Este, a su vez, está muy influenciado por el tipo de roca. En líneas generales, tienden a establecerse dos tipos de sustratos principales: los básicos (generalmente carbonatados, con pH superior a 7) y los ácidos (generalmente silíceos). En el Alto Alfambra, predominan los sustratos básicos, aunque en algunas zonas concretas afloran rocas silíceas.

Imagen ampliada del valle del Alfambra obtenida del Mapa de Series de Vegetación de España (1:400.000). En trama de color rosa rayado (14a) los sectores del piso oromediterráneo
Hace una semana recorríamos las Lomas de Valdespino, en el término municipal de Monteagudo del Castillo. En la Majada Redonda, donde afloran las rocas carbonatadas y la altitud alcanza los 1.600 metros, se mostraba en su esplendor la serie de los pinares, enebrales y sabinares basófilos. Ahí estaba la tríada oromeditarránea propia de las montañas calizas. 


El pino royo (Pinus sylvestris), la chaparra (Juniperus sabina) y el enebro común (Juniperus communis). Es la alta montaña mediterránea que también asoma en el Alto Alfambra.

miércoles, 10 de enero de 2018

COLEGIO DE GALVE: DESCUBRIENDO LOS CHOPOS CABECEROS

Los alumnos y profesores del Colegio de Galve nos envían este artículo sobre una actividad educativa realizada en su centro. Es la primera colaboración y no será la última.

Hola a todos! 

Tenemos algo que contaros y es que hace dos semanas tuvimos la visita de Chabier de Jaime. Un hombre muy simpático y que sabe muuuuucho sobre la naturaleza. 


Vino a Galve a contarnos cosas sobre el Chopo Cabecero. ¿Suena raro verdad?  Pues bien, es un chopo normal y corriente al que con el paso de los años le han ido cortando las "ramas guía". Al cabo de unos 12 años han ido saliendo nuevas ramas de este tipo  y el tronco se ha ido engrosando (haciéndose más gordo).

Aquí os dejamos algunas fotos de aquel día.

Pd: ¡Esperamos verte pronto por Galve, Chabier! 


 Aquí tenemos a Chabier al principio de la exposición. Como veis, nos enseñó curiosidades de nuestro propio pueblo.




Aquí nos está enseñando diferencias entre distintas hojas y así descubrir a qué árbol pertenecen. y poder diferenciarlos.


Hicimos paradas por el camino para que Chabier nos explicara todo aquello que nos llamaba la atención: escaramujos, sabinas, espino albar o como aquí en la foto: semillas de cardo. ( aprendimos que el pájaro "cardelina" debe su nombre a que se alimenta, entre otras cosas, de las semillas del cardo.) ------------->
Por último, localizamos un Chopo Cabecero enorme. No pudimos evitar hacernos una foto rodeándolo entre varios. Por el diámetro del tronco, Chabier calculó que este árbol tiene aproximadamente 100 años o más.

Un saludo y hasta muy pronto!

Alumnos y profesores del Colegio de Galve

domingo, 7 de enero de 2018

EL MATAPUERCO

Llegados los primeros y fríos días de diciembre, para el puente “de la Purisma”, comenzaba el rito del “Matapuerco” en cada una de las casas de los pueblos que forman el Alto Alfambra.


Todo se iniciaba en el mes de septiembre de un año antes con la compra en pueblos y masadas cercanas o proveniente de la cría en la misma casa, del protagonista, que era instalado en la “Corte”, un pequeño habitáculo de piedra con puerta vertical y un comedero compuesto por una piedra labrada.


... y una tapadera de madera móvil que se accionaba desde el exterior y que servía para alimentar a los animales.


Las cortes se encontraban principalmente junto a las cuadras de las caballerías en el interior de las casas ...


 o en el corral de la entrada ...


Aquella era una época en la que los males olores no causaban malestar entre los vecinos, pues cada cual criaba su tocino, una garantía de supervivencia, y al mismo tiempo, era una crianza más natural. La alimentación básica consistía en subproductos de la huerta como patatas, remolachas, coles, etc. También era costumbre recolectar las hojas verdes de los olmos que se mezclaban con agua y harina de cebada.

Dependiendo de la importancia y del número de miembros de cada casa se sacrificaban uno o varios cerdos y, un día antes, varias ovejas viejas para realizar la mezcla de las carnes en la elaboración de los embutidos.

Llegado el día y teniendo preparados el banco (normalmente un trillo viejo) las herramientas de matarife, barreños, cestos, etc., se empezaba tomando unas barrachas y unas pastas. Posteriormente, se procedía a sacar el cerdo de la corte, cogiéndolo con el gancho y depositándolo sobre el banco, era necesario la fuerza de varios hombres para sujetarlo. La sangre que caía en un barreño tenía que ser manipulada dándole vueltas constantemente para que no se coagulase, posteriormente se emplearía en la realización de las morcillas o para comerla cocida.


Una vez muerto el animal se procedía a socarrarlo usando aliagas ardiendo pinchadas por una horquilla.


Posteriormente se lavaba con agua caliente. Después se frotaba con piedra tosca y con un cuchillo especial se raspaba la piel para no dejar pelo alguno. Ya estaba listo para trocearlo.


Primero se cortaban las “manos de ministro”, se colocaba de rodillas para de este orden quitarle la cabeza ...


darle un corte de la nuca al rabo para hacer dos piezas iguales ...

A continuación se sacaban el espinazo, los lomos, las costillas, los espaldares y los jamones ...


que eran trasladados al granero para que se enfriasen y "joreasen" antes de hacer la conserva ...


 los jamones y otras piezas eran salados en las mismas casas ...


... para su consumo posterior.


Tras ello llegaba el almuerzo. Este consistía, principalmente, en partes de hígado, tocino y costillas del cerdo fritos, incluso antes de pasar la muestra por el veterinario. El almuerzo era consistente ya que no era costumbre volver a sentarse en la mesa hasta la hora de la cena.

Posteriormente se lavaban las correas (tripas) para usarlas en la elaboración de los embutidos.


Con la carne sobrante, una vez desprendida de la corteza y añadiendo las canales de las ovejas, hacían chorizos y longanizas. Primero capolando la carne y después mezclándola con las especias correspondientes


Un embutido típico era “la bueña”, que se realizaba con la carne cocida y capolada de lengua, livianos o lubianos (pulmones), riñones y demás menudencias mezclada con las especias del chorizo.

Una vez estaba toda la carne capolada y mezclada con las especias y en sus respectivos barreños, se procedía a embutir usando para ello las tripas del cerdo lavadas que se introducían en la parte más estrecha de un embudo de la máquina de embutir ...


... mientras que la carne se ponía por la parte ancha y era empujada mediante una rústica palanca de madera.



Posteriormente, todo el embutido era colgado en la falsa en largas ramas peladas y secas de chopo para su secado y posterior elaboración de la conserva (20-21).


Mientras tanto se ponía a cocer el arroz que más tarde se mezclaría con la sangre, algo de grasa y las especias correspondientes para realizar las morcillas. Esta era una de las faenas más engorrosas porque aparte de mezclar y embutir tenían que cocerse en agua hirviendo.


Para ello se usaban mimbres cogidos de los huertos donde se colgaban varias morcillas y se introducían en el caldero de agua hirviendo quedando las puntas del mimbre apoyadas en los cantos del barreño para sacarlas una vez cocidas.


Estas posteriormente se depositaban en el suelo encima de paños hasta que se enfriaban.


También era habitual hacer morcillas de pan para consumirlas como” dulce”. Se preparaban empleando sangre, pan rallado, grasa, especias y miel. Solía comerse cruda.


El "joreo" de los costillares, lomos y longanizas era bien vigilado.


Era necesario el frío y el viento. Pero no demasiado. Mucho frío podía provocar que se helara, cuando aún tenía la carne mucha agua. Mucho aire provocaba que se endureciera por fuera pero que se quedara cruda por dentro. Para ello era necesario regular bien la apertura de los ventanos.


Bien entrado enero, cuando los lomos, costillares y longanizas ya habían perdido suficiente agua, se preparaba la "conserva". Se cortaban y troceaban todas estas piezas y se freían, generalmente en aceite de girasol, que era más económico, con laurel y granos de pimienta. Y se llevaban a las tinajas los trozos fritos para ser cubiertos por aceite. Así, podían conservarse durante meses, sin necesitar otra técnica como la nevera o los conservantes.


Eran días de intenso trabajo colectivo en la familia. La casa estaba patas arriba, pues cualquier otro quehacer se dejaba para acabar el matacerdo cuanto antes. El tiempo corría y todo tenía que hacerse en su momento para que el producto saliera bien y todo el esfuerzo de la crianza del tocino llegara a buen término. Al final se disponía de carne y embutido en la despensa para el resto del año.

Chusé Lois Paricio Hernando